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La complejidad de la vida III

La complejidad de la vida III

3. LO VIVO, LO INERTE Y LO "SEMIVIVO"

Como se vio en el artículo anterior, definir la vida es una tarea de complejidad inusitada, hoy en día acosada por las excepciones caprichosas que impone la naturaleza. Una parte importante de estas singularidades configura un problema que muchos especialistas tienden a evitar: las fronteras de la vida conocida. Un territorio peliagudo en el que es difícil separar lo vivo de lo inerte. Los integrantes del mismo, son seres de gran simplicidad estructural que desarrollan muy pocas funciones biológicas durante toda o parte de su existencia. Por si fuera poco, con frecuencia es imposible considerar dichas funciones como intrínsecas de la vida. No obstante, es curioso que muchos biólogos rechacen su pertenencia funcional a la biosfera, cuando son las Ciencias de la Vida las que han tomado la iniciativa de su estudio. Los principales seres, son:

3.1. Agentes infecciosos víricos y no convencionales
La única función que desempeñan es la de infectar seres vivos. Se dividen en 2 grupos:
3.1.1. Aquellos que tienen una molécula autorreplicante
Los más destacados por su abundancia y patogenicidad son los virus. Están formados por un ácido nucleico (ADN o ARN) y algunos elementos que los aíslan del medio externo. Los virus no entran en la célula por procedimientos activos, sino que es ella la que hace todo -o casi todo- el trabajo para introducirlos. La célula hospedadora incorpora el genoma viral (ADN o ARN traducido a ADN) a su propio material genético. Así, las órdenes del patógeno se agregan a las que tiene la propia célula, de un modo similar a lo que hacen los virus informáticos. El genoma viral tiene instrucciones para crear una maquinaria celular propia y alterar la presente. Su finalidad es crear una pequeña industria intracelular destinada a la producción de nuevos virus. El siniestro proceso de fabricación debilita a la célula y -cuando se generan virus muy rápido y en enormes cantidades, o se acumulan masivamente- provoca su destrucción.  
3.1.2. Aquellos que carecen de molécula autorreplicante
Si, a grandes rasgos, los virus aparentan estar más próximos a los seres vivos que a los inertes, con este grupo sucede lo contrario. Se trata de los priones: proteínas (o glicoproteínas) infecciosas. Su mecanismo de replicación consiste en transformar una proteína normal en una "proteína prion", o "prion" a secas. El mecanismo de acción es similar al de los vampiros, que convierten a las personas normales en otros vampiros. El prion induce un cambio conformacional en la proteína, afectando a las estructuras secundaria y terciaria. Esto la convierte en un nuevo prion: una proteína mucho más resistente que la original y con actividad catalítica para convertir a otras en priones. No cabe duda de que el caso es asimilable al de los vampiros en muchos aspectos pues, tanto el prion como el vampiro, son más resistentes que sus precursores. Las defensas inmunitarias son incapaces de destruirlos y soportan condiciones medioambientales extremas de pH, radiación, temperatura, etc. Es tal su resistencia que muy pocos virus y ninguna célula conocida se les aproxima en dicha cualidad. Dentro del organismo, los priones se ensamblan constituyendo fibrillas y placas que alteran el funcionamiento de las estructuras nerviosas del organismo hospedador. Además, se acumulan en las neuronas produciendo su destrucción, lo que deja oquedades microscópicas en el tejido nervioso. El resultado es el llamado patrón de vacuolización, típico de las encefalopatías que producen estos agentes infecciosos.

3.2. Elementos móviles de ADN
Ciertos microorganismos (procariotas y levaduras) tienen pequeñas moléculas de ADN circular que se replican de forma autónoma respecto a la célula: son los plásmidos. Se trata de pequeñas cadenas de ADN circular que pueden transferirse a otros seres vivos, en los que tienen efectos diversos. En ocasiones beneficiosos para el receptor (le confieren resistencias a antibióticos, a condiciones ambientales, etc.) pero a veces perjudiciales (la bacteria Agrobacterium tumefasciens transfiere ciertos plásmidos a los vegetales para infectarlos).

3.3. Endosimbiontes
La endosimbiosis se origina cuando dos o más seres vivos establecen una asociación de mutuo beneficio más allá de la simbiosis. Sin ella, al menos uno de los implicados no sobreviviría. Es lo que ocurre con los mamíferos y su microbiota digestiva: el animal les proporciona alimento y un medio idóneo para su supervivencia. Por su parte, los microbios le suministran nutrientes esenciales que no podría obtener por otra vía junto con otros beneficios para su salud. Cabe reseñar otra endosimbiosis más frecuente y profunda: la que se establece entre cloroplastos y mitocondrias con determinadas células eucariotas. Hoy se sabe que ambos orgánulos celulares fueron bacterias que se asociaron a las células hace miles de millones de años. Los cloroplastos son indispensables para que las células vegetales realicen la fotosíntesis. En cambio, las mitocondrias están en animales y vegetales, actuando -entre otras cosas- como centrales energéticas. Las células no sobrevivirían sin estos orgánulos y estos tampoco mantendrían su integridad fuera de una célula que los sustente. Las mitocondrias y los cloroplastos han perdido casi todos sus distintivos bacterianos originales; no obstante, aún mantienen un atisbo de independencia con respecto a la célula: se replican de manera autónoma. Este hecho relativiza la clasificación de las mitocondrias y los cloroplastos como seres vivos o partes de los mismos. Tal vez se trate de seres que perdieron cada vez más características biológicas según evolucionaban. El asunto no está claro.   

3.4. Parásitos obligados
Existen bacterias (como las del género Brucella) que carecen de la maquinaria bioquímica necesaria para su metabolismo, por lo que no pueden sobrevivir sin otras células. Se trata de auténticos parásitos obligados de energía, que desvían el metabolismo del hospedador hacia su propia supervivencia. Es difícil considerar vivas a unas bacterias que para realizar sus funciones vitales necesitan células que las introduzcan en su interior, permitiéndolas acceder a su maquinaria metabólica. Considerarlas seres vivos por el mero hecho de estar clasificadas como bacterias es un argumento muy pobre. Éste pierde más fuerza aún si se considera la existencia de unos pocos virus -como el mimivirus- cuyo genoma es más complejo que el de determinados procariotas. Aunque intuitivamente solemos encuadrar a las bacterias parásitas de energía como seres vivos, no estaría de más preguntarse si realmente están "vivas al 100%", como cualquiera de nosotros. El mismo problema se plantea en los siguientes seres que también "viven al límite".

3.5. Organismos latentes
Es frecuente entre los seres vivos, macro y microscópicos, la adopción de una fase de latencia cuando las condiciones medioambientales se tornan adversas. Unas fases de latencia son algo más profundas que el sueño, como es el caso de la hibernación. En cambio, otras son indiferenciables de la muerte. En estas últimas, los organismos no desarrollan ninguna o casi ninguna de sus funciones vitales y pueden conservarse intactos durante periodos más o menos largos. Se observan latencias extremas en semillas de vegetales (en las del loto pueden ser especialmente duraderas), esporas fúngicas y esporos bacterianos. Sería factible atribuirles vida porque en algún momento desempeñaron funciones vitales. Ahora bien, supóngase el caso de una bacteria que tuviera una vida vegetativa (la "normal") de unos poco minutos y entrase en esporulación por cientos o miles de años. Acudir al salvoconducto de una fase vegetativa potencial, permitiría afirmar que el ser está vivo. Sin embargo, ¿cabe considerarlo vivo durante la fase de latencia, siendo su actividad, a veces, inferior a la de un virus?, ¿sería un ser que entra en fases vivas e inertes?, ¿es suficiente criterio la potencialidad, cuando muchos de esos organismos no sobrevivirán tras su fase de latencia?

 

4. CONCLUSIONES

El tema podría dilatarse indefinidamente sin hallar una respuesta satisfactoria a la definición y comprensión de lo que es la vida. Se trata de un concepto abstracto e indeterminado por las 2 contingencias mencionadas al principio del ensayo. Mientras no se superen, será muy complejo solventar el problema y la vida permanecerá a la cabeza de los mayores enigmas del Universo.
Es muy posible que su estudio no lleve a ninguna parte, pero a menudo no es el fin lo que importa, sino el largo camino por recorrer. Este camino está revolucionando la Ciencia y ha despertado la curiosidad del hombre desde tiempos remotos. Tal vez nuestro destino sea conformarnos con una definición que no diste mucho de los versos de Calderón de la Barca: 
"¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción..."
O con una más ramplona, como la de Marisol, al afirmar que la vida es una tómbola. Una tómbola en la que la circunstancia de integrar lo vivo o lo inerte es fruto de la casualidad.
A pesar de ello, el camino andado nunca será en balde. La misteriosa senda que lleva al ansiado conocimiento de la vida nos está enseñando cómo funciona el Universo; nos está llevando a inventar nuevas tecnologías, antes impensables; y está replanteando nuestra actitud ante los seres vivos que nos rodean. Aunque quizás lo más destacado es que nos ha enseñado que estamos inmersos en la vida, algo extraño y magnífico que escapa a nuestra comprensión. Un fenómeno increíble ligado íntimamente al Universo. A ese Universo inconmensurable, donde la biosfera es menos que nada y el ser humano una pieza tan frágil que puede desaparecer en cualquier instante. Sin dejar el menor rastro.

 

5. AGRADECIMIENTOS 

Este ensayo no habría salido a la luz sin una conferencia de Juan Pérez Mercader a la que tuve ocasión de asistir. La actitud pedagógica, vastos conocimientos y sentido del humor de este entrañable investigador, aportaron la inspiración y orientación necesarias para llevarlo a término.

 

Imagen: microorganismos del zooplancton. 

 

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