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La información insalubre IV: consecuencias (1)

La información insalubre IV: consecuencias (1)

Como se especificó en capítulos anteriores, la información insalubre tiene efectos inesperados y perniciosos. Es innegable que puede redundar en consecuencias positivas secundarias, -como muy bien apuntó un amigo (JRF)- aunque éstas no son predominantes. Sin ir más lejos, una manipulación que exagerase ligeramente (porque en exceso sería catastrófico) los beneficios de invertir en cierta región, quizás mejoraría las condiciones de vida de sus habitantes. Otra manipulación aceptable sería aquella en la que unos pocos pretendieran derribar una tiranía cruel en favor de una democracia más justa. En casos como estos, los artífices de dichos manejos tal vez fueran los más beneficiados, a costa del engaño y de perjudicar al gobierno anterior, pero el efecto positivo se dejaría sentir en los restantes ciudadanos. Serían manipulaciones admisibles hasta cierto punto. Ahora bien, hay 3 motivos por los que debemos inquietarnos más que relajarnos:
- En la manipulación suelen predominar los efectos nocivos sobre los beneficiosos.
- El uso de la manipulación, aunque sea bienintencionada, aumenta la tentación futura de emplearla sin que termine aportando nada -o muy poco- a los demás.
- La simple existencia de consecuencias perjudiciales es una razón de peso para no olvidarla por completo.
Las consecuencias de la información insana abarcan desde equívocos casi inofensivos a genocidios u otros desastres de categoría mayúscula, pasando por timos y estafas de diversa índole. Exponer todos los desaguisados posibles sería una tarea hercúlea, difícil o imposible de desarrollar. Dada esta contingencia, se tratarán sólo algunos efectos generales. Su sistematización atenderá a la afección directa sobre la mente del individuo o sobre aspectos generales de la sociedad. Como es lógico suponer, se hará mayor hincapié en los problemas derivados de la manipulación, al ser más peligrosos y fáciles de evitar:

1. Consecuencias directas sobre la mente del individuo
Su carácter lesivo estriba en que la persona inteligente puede caer en la incompetencia e idiocia más extremas. Esto último complicaría su vida, la de los que le rodean e incluso la de aquellos que ni conoce. Ahora bien, la metamorfosis puede darse también por causas ajenas a la desinformación: patologías clínicas, efectos secundarios de tratamientos médicos, traumas, etc.
Cabe decir que, en ocasiones, el sujeto transformado adquiere unos niveles de felicidad de los que carecía antes de abrazar la estupidez pero, a cambio, deviene en un elemento muy nocivo. Peligrosísimo en las distancias cortas.
Algunas consecuencias relevantes son:

1.1. Reducción del criterio operativo
Es la principal por su alta frecuencia de presentación. El individuo pierde capacidad intelectual para afrontar las situaciones con acierto. Como se especificó, una de las características de la manipulación es que es seductora y, a veces, distractora. Ello redunda en que evita el razonamiento y la apreciación de alternativas iguales o mejores en la resolución de problemas. La seducción puede ampararse en una simplicidad excesiva, una complejidad engañosa o en la batería de recursos mencionados en capítulos anteriores. Una exposición somera a los mensajes tóxicos apenas perjudica la psique, sin embargo una reiterada o una sobreexposición puntual no es para tomársela a broma. La situación puede ser preocupante ya que el individuo se manifiesta como un ente poco razonador y/o razonable, olvidando ciertos aspectos característicos que le identifican con su especie. Su estado mental adquirirá matices trágicos si su capacidad razonadora permanece intacta y él opta por ser poco o nada razonable. Este ser es ya el auténtico imbécil. Un cacharro irrecuperable salvo con psicoterapias prolongadas y/o choques violentos contra la evidencia. A veces, ni por ésas. En esta variante de putrefacción mental, la estupidez conllevará matices contagiosos: será un imbécil generador de imbéciles. En el momento en que la población alcance una proporción alta e inestimable de idiotas, las consecuencias serán aterradoras.
Las pérdidas de criterio operativo más comunes han sido expuestas por diversos autores y se resumen en:
Superstición: consiste en defender una idea que pudo tener cierto valor en origen (o al menos entrañar una relación coherente), pero cuya falsedad ha sido evidenciada públicamente. En este caso, el supersticioso ha perdido algo de sus cualidades razonadoras y una buena parte de las razonables. Es más fácil de entender con un ejemplo extremo: en épocas pasadas, bastantes civilizaciones costeras creían que las regiones inexploradas del océano estaban plagadas de monstruos devoradores de hombres. Este pensamiento no carecía de toda lógica. Compréndase que no era disparatado atribuir alguna desgracia a aquellos marineros que no regresaran a tierra. Si a esto se añade la llegada a las playas de ballenas, tiburones, calamares gigantes u otros animales varados (o de sus restos); los posibles avistamientos y ataques de estos seres mar adentro; la transmisión de mitos y leyendas y otras situaciones propicias al mito, se entenderá que afirmar la existencia de dichas abominaciones no era tan descabellado como parece. Ampararse en tales creencias resultaría útil para la supervivencia ya que el marinero no se alejaría demasiado de las costas. Así evitaría desorientaciones, agresiones por animales de gran tamaño, regresos demasiado prolongados ante inclemencias meteorológicas o desperfectos de la nao, conflictos con otras embarcaciones, etc. Es decir, se eludirían riesgos partiendo de una idea falsa. Mas cuando se demuestre y acepte de manera global que dicha idea no es cierta, un individuo que la sustente -negándose a aceptar lo evidente y por pura cabezonería- será un supersticioso. La superstición es inocua a grandes rasgos pero, a veces, puede poner en peligro la vida del que la padece y/o de los que le rodean. En este caso, si tuviera que hacer un viaje en barco para dar con la cura a una enfermedad mortal (suya o de un pariente) y no lo hiciese sólo por temor a los infundados monstruos devoradores de personas, la superstición entraría en conflicto con la supervivencia. Alguna vida correría peligro por defender una idea arbitraria.
Fanatismo: esta actitud comporta la defensa de una idea vigente pero falsa o carente de evidencia empírica. En sucesos contados tal vez sea cierta, pero nada permite asegurarlo. En consecuencia, nadie está en posición de hacer una defensa acérrima de la misma. A diferencia del supersticioso, el fanático ha perdido casi toda su capacidad razonadora y no es razonable. Lo grave es que al no serlo, jamás buscará errores en su idea. Otra diferencia con el individuo anterior es que el fanático suele poner en peligro la integridad de terceros con más frecuencia que el supersticioso. Ello se debe a que la vigencia de su idea, permite al fanático encontrar a otros que piensen como él, por lo que no estará tan solo en su creencia como el supersticioso. Cuando la idea no esté evidenciada, el resquicio de que pudiera tener razón se convertirá en su gran arma: ahora tiene razón. Ambas situaciones le convertirán en un elemento más combativo, con capacidad de asociación para imponer su ideología o lograr sus propósitos.
Dos ejemplos de fanatismo comunes son:
- La negación o defensa acérrima de la existencia de uno o más seres supremos creadores (dioses, espíritus, demiurgos, titanes, etc.). A día de hoy, es absurdo sostener o rechazar con vehemencia la idea de un creador último del universo. No hay pruebas sólidas a favor de ello pero tampoco en contra. La opción más sensata será el agnosticismo o considerarlo un acto de fe particular de cada uno. De lo contrario se estará defendiendo una idea vigente no evidenciada.
- Un caso más grave consiste en enarbolar una idea vigente demostrada como falsa. Un buen paradigma es la superioridad racial del negro en el deporte. Su origen está en la creencia en una mayor masa muscular de los negros, surgida durante el apogeo del tráfico de esclavos africanos a Europa y América, y en el posterior triunfo de Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín del 1936. Ante la consecución de 4 medallas de oro, el partido nazi reconoció la (supuesta) supremacía física del negro para proteger la superioridad de la "raza aria", que aún mantendría su feudo en una mayor capacidad intelectual. ¿Dónde estriba la falsedad? En primer lugar, en la especie humana no existen razas pues la variabilidad genética intragrupal es superior a la intergrupal, además de que las diferencias pigmentarias se distribuyen de un modo continuo. Por otro lado, el aparente desarrollo muscular superior del negro no es tal, pues hay bastantes más individuos que carecen de dicha condición.
Atendiendo a los deportes, se observa una superioridad del negro en la carrera de alta velocidad y en la de muy larga distancia, en cambio en carreras de resistencia de unos pocos kilómetros, la supremacía no está nada clara. No debe olvidarse que el éxito en la carrera de alta velocidad es típico del negro estadounidense, mientras que en las distancias muy largas hay un fuerte predominio de determinado negro africano que comparte honores, en gran medida, con individuos de otras tonalidades pigmentarias.
El prejuicio se desmorona aún más por la influencia medioambiental que afecta a  la supremacía negra en el baloncesto (cada vez menos negro) y en el boxeo, que tradicionalmente han practicado los negros de ciertos ambientes marginales y dictaduras. Es decir, la genética de la pigmentación cutánea no está correlacionada con la superioridad genética general en el deporte, como se creía. La mejor correlación se obtiene al estudiar factores genéticos (individuales y de ciertas poblaciones) y medioambientales (costumbres, sistemas de entrenamiento, grado de desarrollo del país, número de habitantes o uso de sustancias dopantes). En lo relativo a la inteligencia tampoco se han apreciado correlaciones genéticas con el color de la piel. De cualquier forma, cabe reseñar que el fanatismo no aparece sólo por creer en un prejuicio sino por defenderlo de manera activa sin valorar otras opciones.
Hace siglos, los antiguos romanos ya encontraron enigmas "raciales" en el "deporte" y no llegaron a los niveles fanáticos de los grupos neonazis, sino a establecer hipótesis extravagantes y casi cómicas. En el Imperio, el pigmeo llegó a ser un elemento muy apreciado como gladiador ya que su media de éxitos -al parecer- era superior a la de luchadores de otras provincias. Dicho asunto, históricamente inusual, llevó a algún erudito a apuntar 2 posibles causas:
- El pigmeo estaba resentido por su pequeño tamaño. Así, movido por la cólera, era capaz de propinar golpes demoledores a sus adversarios.
- El pigmeo, por su desventaja física, se esforzaba más en el combate que el adversario y dicho empeño le conducía a una mayor frecuencia de victorias.
A pesar de que pudieran parecer ciertas en su época, los romanos nunca le dieron una credibilidad absoluta. Sólo fueron hipótesis atractivas.
Dogmatismo: consiste en la defensa de una idea vigente falsa o sin evidencia empírica que la avale, aunque dotada de cierta lógica que la hace parecer evidente. El dogmático es el más peligroso entre los idiotas, ya que compensa el no ser nada razonable con su cualidad de buen razonador, de la que carece el fanático. Es decir, es capaz de elaborar razonamientos complejos que sustenten su argumentación aún cuando sea falsa. El sofista que cree en su propia idea es el dogmático por excelencia, dotado de una dialéctica perversa capaz de tergiversar la realidad. Es un imbécil que da la sensación de ser inteligente: habla bien, fundamenta con coherencia, escribe con elegancia y, al mismo tiempo, parte de una idea errónea o no verificable. Su potencial deletéreo consiste en que es una potente incubadora de crédulos, supersticiosos, fanáticos y otros dogmáticos. Por si fuera poco, tiene vocación de líder, que variará según el medio en el que despliegue su ideología y lo disparatada que ésta sea. Los dogmáticos son ubicuos entre curanderos, videntes, líderes religiosos y políticos, aunque ningún gremio está a salvo de ellos. Un paradigma muy empleado es el del dirigente islamista, capaz de crear fanáticos que se autoinmolen y sucesores para su pérfida obra. Otro de menor eficacia psíquica -que no fáctica- es el militar radical de alto rango que sustenta agresiones desproporcionadas e invasiones injustificadas, a la vez que mantiene la actitud combativa de sus seguidores. Ambos suelen ampararse en la dispensación de una justicia injustificable, dirigida y siniestra. A menudo ni siquiera se corresponden con el modelo del malvado por excelencia. No ganan nada con su acción y hasta son de trato agradable, aunque también pueden ser autodestructivos y arrastrar a sus seguidores a la vorágine. Sólo son idiotas peligrosos, letales.  
Credulidad extrema: consiste en la aceptación de toda idea nueva sin exigir verificación o contraste alguno. El crédulo en extremo suele ser razonable pero no razonador. Ello motiva que su idea cambie con facilidad y que prefiera dejar "que piensen los que saben". Este individuo no tiende a involucrarse en nada. No siente ni padece. En ocasiones ha recibido tanta "psicobasura" que ya todo le da igual o actúa como una veleta instintiva: ¿que mañana le dicen que van a derribar su casa?, pues se preocupa. ¿Qué después le dicen que era una broma?, pues se tranquiliza. ¿Qué le vuelven a decir que hay que derribarla?, pues retomará su preocupación. Eso sí, no se detendrá a dilucidar el trasfondo de esas contradicciones.
Incredulidad extrema: es el caso opuesto al anterior. Consiste en no aceptar ninguna idea aún pareciendo cierta tras un contraste y/o verificación. Que dude del contraste y/o verificación de manera justificada, es legítimo. La perversión emerge en el instante en que duda hasta de la evidencia. Cuando eleva las excepciones a reglas y se atrinchera en un universo irreal. Su actitud puede llevarle a pensar que todo son engaños, tonterías y conspiraciones: los médicos experimentan con él dándole placebos, los arquitectos reciben subvenciones para hacer casas inseguras o de mal gusto, la Ciencia está equivocada desde su base, etc. En su mundo particular todo es cuestionable. Todo es tergiversable. Es la Duda Metódica llevada a su radicalismo máximo. Sus razonamientos pueden ser muy buenos pero no es razonable. Hay que tirar todo el sistema abajo porque no tiene nada bueno o útil. En cierto modo, el incrédulo extremo suele aglutinar rasgos nihilistas y antisistema, además de cierto parecido con el dogmático, al que puede terminar emulando. Por el contrario, el crédulo extremo se identifica más con el supersticioso. Es paradójico que dicho incrédulo sea retratado en el cine como el protagonista conocedor de lo que se cuece y deshacedor de conspiraciones, mientras que en la vida real guste más del papel de orate que del de héroe o genio.
    
1.2. Confusión absoluta
Aparece cuando el individuo se encuentra con tal cantidad de mensajes opuestos, desmentidos, desacertados, dicotómicos, etc. que se ve desbordado. Esto le lleva a mezclar conceptos, imaginar teorías rocambolescas y perpetrar dislates y sinsentidos en cuanto tiene ocasión. Por lo general, si no puede acceder a una información fiable y de calidad, acaba por tener un conocimiento erróneo de la realidad, con referencias dispares de las que no se saca nada en limpio. Termina viviendo en un mundo extraño donde los opuestos se mezclan, las cosas similares no guardan relación, etc. Lo lamentable es que el individuo a menudo no es consciente de su confusión y la achaca al medio externo en vez de a su intoxicación. Una manifestación extrema y palpable está en algunos supervivientes de conflictos bélicos, tránsfugas de sectas, etc. 

1.3. Complicación o generación de enfermedades mentales
Si bien es verdad que una persona afectada por ciertas taras psíquicas interpreta cualquier información de manera arbitraria y que su patología puede empeorar con independencia de la información recibida, no es descabellado afirmar que un ambiente adverso agrave su situación. Por ejemplo, ante una elevada tensión social o violencia dialéctica, el enfermo llegaría a sufrir crisis profundas. De ser un paranoico que vive bajo gobiernos muy opresores -donde la sospecha y el miedo a la denuncia son el pan nuestro de cada día- tal vez se refuerce su patología. O lo que es peor, puede que no sea diagnosticada y se mimetizarse con el terror y la angustia generados por el sistema.
Además, un exceso de información insalubre de alto impacto podría motivar episodios próximos al estrés postraumático, psicopatías, neurosis, etc. Dichas situaciones son poco frecuentes, aunque su tremenda gravedad hace que no se deban perder de vista.

1.4. Alteración de prioridades
Está muy relacionada con la confusión absoluta y las demás consecuencias mencionadas, las cuales muy bien podrían incluirla. No obstante, se ha creído conveniente separarla porque en ocasiones se presenta independiente. En cierto modo es una desconexión parcial con la realidad, donde la capacidad operativa del afectado se ve distorsionada. La alteración de prioridades trastoca la toma de decisiones, priorizando las irrelevantes en detrimento de las importantes. La gradación se establecerá -sobre todo- en función del beneficio que obtiene el individuo, ya sea físico o psíquico. Una alteración de prioridades errónea puede aparecer al recomendar con insistencia el desempeño de cierto oficio o licenciatura porque, al parecer, garantiza una alta remuneración económica. Imagínese un ejemplo radical e ilustrativo: afirmar -en un país desarrollado y en términos generales- que es preferible trabajar como diseñadora gráfica que como meretriz porque se gana más dinero, es falso. En términos generales, dedicarse a la prostitución será más peligroso, más desagradable, más denostado y, tal vez, menos ético. Pero no menos rentable. Es decir, si se busca un mayor lucro sin importar los inconvenientes, es más adecuado optar por el negocio sexual que por el artístico. Lo opuesto supondrá una inversión de prioridades.
Por descontado, no se considerará una alteración de las mismas si surge de la necesidad de tomar decisiones críticas inmediatas, o con datos insuficientes o imprecisos.

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